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Los diez errores que podemos evitar en nuestro primer huerto (Parte 1)

Sea por ahorrar, por mejorar nuestra alimentación, por disfrutar de la agricultura o por aprender cómo funciona la naturaleza, la creación de nuestro primer huerto urbano viene acompañada de emoción e ilusión. Se nos olvida que es una inversión a largo plazo, que no da frutos -literalmente- al instante y que se trata de un producto que requiere cuidados específicos. Caemos en errores, y es normal, ¡pero podemos evitarlos!

La clave es la empatía: imaginad que las plantas fuesen personas, y veréis como os ahorráis muchos problemas. ¿Nos gusta estar apretados, o comer más de lo que podemos? ¿Somos todos iguales, y tenemos las mismas necesidades?

El Arca de Noé

El síndrome del Arca de Noé nos empuja a plantar muchas cosas y regarlas hasta la saciedad. Al final, tenemos plantas compitiendo entre ellas por los nutrientes, hacinadas en un espacio diminuto, o semillas flotando en nuestro pantano urbano. ¿Por qué?

1: Exceso de cultivos

¡Porque gusta la variedad! ¡Y vamos a crear un huerto increíble, con muchos tipos de frutas y verduras! Es natural: nos hace mucha ilusión cosechar y disfrutar nuestros propios cultivos. Pero tenemos que ser sensatos: Si quieres plantar, en una maceta de un palmo y medio de ancho, dos lechugas, dos tomateras y alguna cebolla, piensa en el tamaño final que tienen, y considera, o bien comprar más macetas, o bien sembrar menos. Lo curioso es que son plantas que se complementan muy bien, pero que, en un espacio tan reducido, no podrán desarrollarse correctamente. Que, como algunas mascotas, todos los brotes son muy pequeños al principio y encajan muy bien en poco espacio.

Por otro lado, si plantamos diez lechugas a la vez, lo que obtendremos será... ¡diez lechugas a la vez! Y, salvo que las devoremos como si fuesen pipas, posiblemente se deteriore su aspecto y su calidad mientras las consumimos todas. ¿Compramos toda la verdura a principio de mes, o según la vamos necesitando? Si plantamos progresivamente una lechuga cada dos o tres días, mantendrán esa diferencia de crecimiento, y tendremos lechuga fresca a lo largo de un mes. Un truquito para asegurarnos de que sale, al menos, una, es echar dos o tres semillas en el mismo punto y, cuando germinen -que lo normal es que no lo hagan absolutamente todas-, escojamos la que mejor aspecto tiene. O separarlas y re-ubicarlas, algo más delicado, prestando mucha atención a no dañar las raíces en el proceso de separación.

2: Exceso de agua

El agua es vida, y por tanto, cuanta más agua, ¡más vida..! ¿...Verdad?

Las plantas, más que del agua, disfrutan de la humedad. Por tanto, es mejor regarlas poco, pero constantemente, que llegar un día, soltarles un litro de agua y olvidarnos hasta el mes que viene.

Para comprobar el estado de riego, hundimos el dedo índice en el sustrato: ¿se nos pega? Está húmedo. ¿Sale el dedo igual que ha entrado? Está seco. Además, si les falta agua, lo veremos en el ritmo de crecimiento o en el color de las hojas -la intensidad del verde es un buen indicador-.

Si les sobra, nos daremos cuenta cuando las plantas se mueran porque las raíces se han podrido, y no podremos salvarlas. Muchas veces, el problema junto al exceso de riego es la escasez de DRENAJE. En mayúsculas y en negrita. Las macetas o la mesa de cultivo deben tener una salida en el fondo, para evitar que el agua se encharque.

Todos los días son primavera

3: Ignorar el clima y la posición del sol

Una persona acostumbrada al calor del Mediterráneo notará su ausencia si vive en Noruega, ¿verdad? Lo mismo sucede con las plantas: las hay de interior y de exterior, y para unas zonas u otras. Si vivimos en la montaña, los semilleros cubiertos y los invernaderos serán el mejor amigo de nuestros brotes cuando apriete el frío. Y, si vivimos en zonas cálidas, la alternancia entre sol y sombra puede llegar a ser muy beneficiosa para algunas de ´nuestras pequeñas´.

Además, la posición de los cultivos es esencial también: la orientación sur garantiza más horas de sol a las plantas, algo que beneficia a la absoluta mayoría. El sol y el calor, en general, nos llevan al siguiente error:

4: Ignorar la época

Por mucho que nos apetezca tener fresas del bosque, éstas necesitan pasar antes el invierno para "despertarse" cuando llega el calor y germinar con una velocidad asombrosa. Cada planta tiene unas necesidades climatológicas y unos requisitos propios. Los calendarios de siembra, como el que te regalamos gratuitamente en Planeta Huerto, son una herramienta muy práctica para los iniciados en el huerto.

Discriminación

5: Pensar que todas las plantas son iguales

Algunas semillas terminarán dando frutos muy sabrosos y verduras muy nutritivas, pero ¡hay que ver lo caprichosas que pueden llegar a ser para crecer!

Cada especie tiene unas necesidades de riego, de profundidad de sembrado o de tipo de suelo (ácido, alcalino o neutro), además de todos los factores que hemos visto anteriormente. Si las tratamos a todas por igual, sólo crecerá totalmente sana la que hayamos tomado como referencia. Las otras, seguramente, o no prosperarán, o lo harán con deficiencias.

Seguro que no os sorprende, por ejemplo, que el orégano, un cultivo tan mediterráneo, necesite poca agua y se desarrolle bien cuando llega el calor. Pues imaginad el caos que supondría tratarlo como a las berenjenas, que exigen solecito, pero también un riego muy abundante. Otro ejemplo: Los rábanos son un cultivo que puede estar listo para consumir al mes de su plantación, pero requieren bastante control: si nos pasamos de riego, estarán "rellenos" de agua; si nos quedamos cortos, serán demasiado fibrosos.

(Consulta aquí la segunda parte de este artículo)

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